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miércoles, 29 de mayo de 2013

George MacDonald

Hace algunos años necesitaba algo para leer. Así que entré en una pequeña librería y rebusqué en la sección de ofertas, donde a veces uno puede encontrarse pequeñas joyas descatalogadas. Entre el montón de libros llamó mi atención el título de uno: Fantasías de George MacDonald. Desconocía, en ese momento, que tenía en mis manos una de las obras que marcarían un antes y un después en mi vida como lectora.

Fantasías, cuyo título original es Phantastes: a Faerie Romance for Men and Woman, fue publicado por primera vez en 1858 y narra las aventuras de Ánodos en el País de las Hadas. Su historia comienza cuando, el día que cumple veintiún años, decide abrir un viejo arcón con una pequeña llave que hereda de su padre. Del mueble surge un diminuto ser, un hada, que lo transporta al País de las Hadas, donde el ingenuo Ánodos, persiguiendo a una misteriosa dama de mármol, se embarca en un viaje iniciático que no es otra cosa sino su paso de la niñez a la madurez.

Se trata de un libro extraño pero delicioso, que deja un buen sabor de boca. Cargado de misterios y claroscuros y ambientado en una atmósfera onírica, a veces asfixiante, que produce una sensación de inquietud y desasosiego.

Está narrado completamente en primera persona y contiene múltiples canciones y descripciones. Por lo que su lectura, aunque corta,  puede resultar abrumadora para el lector moderno. Sin embargo, puede maravillar a aquellos lectores asiduos a los cuentos y a aquellos más acostumbrados a la literatura del XIX.
Ilustración de Arthur Hughes para Phantastes
Aunque hoy en día completamente olvidado, George MacDonald (1824-1905) fue el precursor de la literatura fantástica moderna e influyó en autores como J. R. R. Tolkien, Madeleine L'Engle, David Lindsay, Mark Twain, W. H Auden, G. K. Chesterton o C. S. Lewis. Éste último, leyó Fantasías por primera vez con dieciséis años y, más tarde, declararía: 
«Pincking up a copy of Phantastes one day at a train-station bookstall, I began to read. A few hours later, I knew I had crossed a great frontier»
MacDonald nació en Aberdeenshire, Escocia, en el seno de una familia religiosa de orientación calvinista. Pero acabó desligándose de esta doctrina  porque no se sentía cómodo con la idea de que el amor de Dios fuera electivo y se limitase a unos pocos y negase a los demás.

Después de graduarse en la University of Aberdeen, estudió en el Highbury College donde se ordenó como ministro congregacional y, a partir de 1850, ejerció como tal en la Trinity Congregational Church de Arundel. Sin embargo, sus sermones, que predicaban el amor universal de Dios, no fueron bien acogidos  por lo que se marchó a Manchester, a Argel, a Estados Unidos y finalmente a Londres, donde trabajó como profesor en la  University of  London.


Ilustración de Hughes para Phantastes
En 1879 se mudó con su familia a Bordighera, una ciudad en la frontera italiana con Francia que contaba con una comunidad británica. Allí pasó veinte años en los que escribió la mayor parte de su obra, sobre todo su obra fantástica, y fundó un estudio literario llamado Casa Coraggio en el que se representaban obras clásicas y se leía a Dante y Shakespeare, que pronto se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de la época, siendo muy concurrido tanto por la población local como por viajeros británicos e italianos.

MacDonald mantuvo muy buenas relaciones con las figuras literarias más importantes de la Inglaterra de su época tal y como muestra un álbum de fotos donde se le puede observar junto a Tennyson, Dickens, Ruskin, Wilkie, Collins, Trollope, Lewes y Thackeray. Fue amigo, también, de Longfellowand y Walt Whitman mientras estuvo en América y sirvió como mentor a Lewis Carroll animándolo a publicar Alice in Wonderland tras ver la gran aceptación que el manuscrito había tenido en sus hijos.

Fue el primer escritor en trasladar el género fantástico de la literatura infantil y los cuentos populares a la literatura para adultos y entre sus novelas fantásticas destacan la ya mencionada Phantastes, que fue ilustrada por el pintor prerrafaelita Arthur Hughes, At the Back of the North Wind (1871), The Princess and the Goblin (1872), y Lilith (1895). Y entre sus cuentos de hadas, The Light Princess (1864), The Golden Key (1867) y The Wise Woman (1875).
«I write, not for children, but for the child-like, wheter they be of five, or fifty, or seventy-five»
Más sobre el autor en The Victorian Web.
Phantastes en inglés en Project Gutenberg.

Algunas de sus obras traducidas y no descatalogadas:
La princesa perdida. Obelisco, 2001.
La llave de oro. Obelisco, 2001.
La princesa y los trasgos. Siruela, 2003.
La princesa y Curdie. Siruela, 2005.
Cuentos de hadas para todas las edades. Atalanta, 2012.

martes, 14 de mayo de 2013

Le Petit Chaperon rouge

La historia de Caperucita Roja, que tan bien creemos conocer, hunde sus raíces en la tradición oral europea y, sobre todo, en la francesa. Las versiones más antiguas del cuento se remontan a la Edad Media y algunas de ellas poseen una gran carga erótica y violenta. Así, algunas versiones narran como el lobo ofrece a la niña comida que resulta ser la carne de su abuela. En otras la invita directamente a consumir sangre y carne e incluso existen versiones donde el animal insta a Caperucita a desnudarse y a meterse en la cama con él.


En las versiones más primitivas el lobo era un monstruo e incluso un licántropo, y es aquí donde aparece una de las múltiples antítesis del cuento: hombre/animal, civilizado/incivilizado, razón/instintos. De hecho, pese a ser uno de los cuentos más famosos, la mayoría de la gente desconoce el simbolismo y el significado original de la historia, así como las ya mencionadas antítesis presentes en el texto donde, a parte de las ya nombradas, se debe destacar la dualidad entre bosque/ciudad y entre hombre/mujer.

Es importante señalar que la antítesis bosque/ciudad ya estaba presente en la tradición latina, donde la ciudad representaba lo correcto, el orden, la luz... mientras que el bosque simbolizaba lo inhóspito, el caos, lo oscuro. No hay que olvidar que los antiguos romanos veían el acto civilizador como una misión que debían cumplir para con los otros pueblos. El bosque era, además, un símbolo del miedo a lo desconocido y por ello la raíz latina para  fuera, extranjero, extraño (en el sentido de desconocido) y bosque fuera fores. Es precisamente por todo ello por lo que la historia de Caperucita Roja transcurre principalmente en un bosque.

El cuento de Caperucita fue publicado por primera vez a finales del siglo XVII por Charles Perrault que lo recogió en su colección de cuentos moralizantes bajo el título de Le Petit Chaperon rouge. Perrault, que había escuchado la historia de la boca de la niñera de su hijo, eliminó en su reelaboración dos escenas que consideró inapropiadas: el momento en el que el lobo invita a la niña a comerse la carne de su abuela y la parte en la que Caperucita, sospechando, manifiesta que debe marcharse para ir a hacer de vientre. Sin embargo, no suprimió la crueldad del texto ya que el cuento finaliza con el lobo devorando a la niña.

La razón por la que no cambió el violento final se debe a que quería que el cuento contuviera ciertas enseñanzas moralizantes: la bondad de Caperucita derivó en ingenuidad y luego en estupidez cuando se fió de un extraño. De esta manera se advertía a las jóvenes para que no se confiaran a desconocidos.

Sin embargo, la versión más conocida es la de los hermanos Grimm. Se trata de un relato más infantil, de menos contenido erótico y violento (aunque no para el lobo), que ofrece algunas diferencias notables con respecto al texto de Perrault. Por ejemplo el final feliz pero inverosímil que los Grimm extrajeron directamente de  Los siete cabritos, donde un cazador, leñador o campesino se encuentra con el lobo durmiendo con el vientre hinchado y entonces se lo abre, rescata a Caperucita y a la abuela, le llena las tripas de piedras y cuando el lobo despierta y va al río a saciar su sed, cae en él y se ahoga.

Otro punto en el que difieren ambas versiones es en el encuentro con el animal. Mientras que Perrault habla de dos caminos y del engaño del lobo, que escogió el sendero más corto, los Grimm solamente hablan de uno. Pese a todo, en ambos casos la niña o elige la senda incorrecta o se aparta de ella. Ambas situaciones representan el alejamiento del camino de la virtud por parte de la jovencita por lo que, en este sentido, permanece cierta carga moral en la versión de los hermanos Grimm ya que Caperucita comprende la lección: no debe alejarse del camino.

Por otro lado, en el cuento del francés el lobo incita a la muchacha diciéndole «¡A ver quién llega primero!», convirtiendo el asunto en una competición. Sin embargo, Caperucita se detiene para ver revolotear a las mariposas o para hacer ramilletes de flores. Esta falta de competitividad y los claros símbolos de la juventud floreciente nos indican que Caperucita no era una niña sino una adolescente. Y así se observa más claramente en la versión de los hermanos Grimm donde, como decíamos, únicamente había un camino que el lobo le presenta a la protagonista como un lugar para el goce y disfrute de la juventud, el carpe diem, mostrándole que la vida en el bosque es más divertida que la vida bajo la protección materna. Además, algunos autores como Eric Fromm sostienen que la caperuza roja representa a la adolescencia ya que es un símbolo de la menstruación.

De esta manera, el lobo se convierte en un icono que representa al hombre libidinoso que desea conquistar a esa floreciente adolescente incitándola y tentándola a desviarse del camino establecido y empujándola a la aventura. El lobo juega con ventaja aquí, pues es el único de toda la narración que la trata como a la joven que es y no como a una niña.

Ambas versiones describen que el lobo «mira a Caperucita con gula» durante el encuentro en el bosque, de la misma manera que un hombre perverso miraría con lascivia a una adolescente. Sin embargo, no se la "come" en ese momento, entendiéndose comer como abusar sexualmente. En el cuento de los Grimm no lo hace porque, como él mismo expresa, quiere también aprovecharse de la Abuela y comerse a ambas. Mientras que en la versión de Perrault no lo hace porque sabe que hay cazadores merodeando por el lugar y no quiere que le vean ¡Ningún degenerado querría que le vieran abusando de una adolescente!

Sin embargo, dado que los Grimm elaboraron un cuento más edulcorado e infantil que el de Perrault, no sería correcto hacer esta interpretación de  lobo/hombre lascivo y comer/abusar en su versión. Sí es posible, no obstante, hacerlo con la versión de Perrault, más primitiva y con un contenido más sexual tal y como aparecía en las versiones orales donde, como ya se ha mencionado, la niña llega a introducirse en la cama con la supuesta abuela.


En resumen, hemos de entender las versiones orales del cuento así como la de Perrault como una narración violenta de carga moralizante donde el lobo es en realidad un hombre que desea abusar sexualmente de una adolescente que, tentada por la fascinación de lo desconocido, acaba en sus redes con un trágico final. Mientras que debemos entender la versión de los hermanos Grimm como un cuento infantil que lo único que busca es advertir a los niños del peligro que entraña el fiarse de los desconocidos.


NOTA: Todas las imágenes son obra de Walter Crane

miércoles, 8 de agosto de 2012

La Vie Parisienne

La Vie Parisienne, fundada en 1863, fue una revista semanal dirigida especialmente al público masculino.

Originalmente fue ideada como una guía para las clases sociales más privilegiadas y para informar sobre la vida artística parisina, pero pronto comenzó a incluir contenido de carácter erótico en el que abundaban las ilustraciones de muchachas con poca ropa.

La Censure por Chéri Hérouard

Aunque se trataba de ilustraciones hechas con muy buen gusto, La Vie Parisienne fue prohibida en algunos países como Bélgica. Y, durante la Gran Guerra, se llegó a prohibir a los soldados estadounidenses que la leyeran.

El éxito de esta revista readicó, además, en su combinación de temas que incluían desde relatos breves y reflexiones sobre el amor y el arte, hasta chismes y chistes, pasando por artículos relacionados con la moda o la bolsa de valores. Su fama fue tal, que antes de la Primera Guerra Mundial le salieron imitadoras como La Sourire, La Rire o Fantasio (de las que os hablaré en otra ocasión).

Le Retour des Cloches por Georges Léonnec

Además, La Vie Parisienne fue famosa por incluir anuncios de corazones solitarios en busca del amor y de soldados en busca de marraines de guerre (madrinas de guerra) durante la Primera Guerra Mundial. Esto es, mujeres que  enviaban correspondencia a los soldados mientras éstos se hallaban combatiendo en el frente para apoyarlos moral y piscológicamente.

Por otro lado, los textos de la revista y sus ilustraciones, de estilo Art Nouveau y Art Déco, fueron un fiel reflejo del cambio de valores e intereses que experimentó la población a comienzos del siglo XX. Esto, unido con el intelectualismo, el ingenio y la sátira, hicieron de La Vie Parisienne una combinación irresistible para el público francés.

Les émotions ou départ por Armand Vallée

En  cuanto a los ilustradores de la revista cabe mencionar a George Barbier, Chéri Hérouard, Armand Vallée y Geroges Léonnec, entre otros. Sobre los que os hablaré en próximas entradas.
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